La importancia de la corrección de estilo

La palabra corrección proviene del latín corrigere, que significa "erguir lo torcido", o sea,  enderezarlo, enmendarlo, reformarlo. Corrector es, por tanto, el que enmienda, reforma y perfecciona cualquier cosa.

La corrección de estilo de nuestros textos es muy importante si queremos asegurarnos de que su comprensión no presenta obstáculo alguno.

Ya en el ámbito de la creación textual, se habla del corrector de estilo para referirse al corrector de textos originales. Su función, contrariamente a lo que su nombre pueda inducir a pensar, no es la de corregir algo tan personal y particular como es el estilo de alguien, sino la de velar por la inteligibilidad del texto tanto a nivel formal como de contenido, enmendando posibles erratas gramaticales y lingüísticas, desechando las incongruencias que existan y, sin tergiversar nunca el mensaje y respetando siempre la voz original, interviniendo en pos de su claridad y  precisión. Valga como ejemplo esta oración:

Si Antonio sale a comprar el picnic se relajará.

Por mucho que el autor haya tenido claro el sentido que quería darle, lo cierto es que esta oración puede ser interpretada de dos formas: o que el picnic se relajará si Antonio sale a comprar  —entendiéndose que por el momento su presencia en la reunión o picnic está creando tensiones en el ambiente— o que Antonio se relajará si sale a comprar el picnic —entendiéndose que le dará el aire y se distraerá si sale un rato a comprar los alimentos para hacer el picnic—.

Es para evitar este tipo de ambigüedades que, en las oraciones condicionales y cuando la  prótasis (oración condicional) precede a la apódosis (oración principal), la coma entre las dos se establece como obligatoria.

Si Antonio sale a comprar, el picnic se relajará.

Si Antonio sale a comprar el picnic, se relajará.

Obsérvese que, cuando la prótasis va detrás, no hace falta la coma porque no hay posibilidad de ambigüedad:

El picnic se relajará si Antonio sale a comprar.

(Antonio) Se relajará si sale a comprar el picnic.

Se trata, el que he puesto, de un ejemplo muy simple, pero cuyo concepto de error puede extenderse a situaciones textuales más complejas, en muchos casos siendo menos perceptible pero comprometiendo la gramaticalidad oracional y la semántica de la misma manera.

Cuando se trata de organizar y planificar un trabajo editorial, y, por extensión, cuando se trata de publicar un libro, la intervención del corrector de estilo resulta fundamental. Se trata del primer lector que tendrá aquel libro, y que tiene además sólidos criterios filológicos y lingüísticos. Así, toda observación que haga sobre el texto debería ser considerada, ya que, de no tenerse en cuenta, podría fácilmente ser detectada por los futuros lectores comunes, ya sea conscientemente si se percataran del error, ya sea inconscientemente si no lo detectaran pero su existencia entorpeciera la comprensión que hiciesen del texto o hasta los llevara a entender y asimilar el contenido de una forma distinta a la pretendida.

Y es que el corrector de estilo no es un simple colaborador del autor; es un filólogo en lengua española, un profesional cualificado, completamente versado en las cuestiones lingüísticas y con pleno criterio para determinar la validez o no de una expresión según las normas existentes o según el contexto en el que aparece. Además, no solamente está preparado para ser corrector, sino que también puede ejercer de asesor literario y hasta de lector editorial, leyendo los originales presentados a las editoriales y valorándolos para, en última instancia, decidir si debe o no aprobarse su publicación. Por tanto, y a la hora de publicar un libro, recorrer a un corrector antes de llevar un manuscrito a una editorial es un aval de calidad para conseguir un informe positivo por parte del lector editorial.

Nadie pone en duda que el escritor sepa escribir. Sin embargo, todo el mundo puede cometer fallos, sobre todo cuando se está tan cerca de la propia obra que casi puede recordarse de memoria, porque es fácil entonces, al repasarla, caer en el error de leer lo que se quiso decir y debería por tanto estar escrito en vez de lo que efectivamente se dice.

Tener una predisposición abierta  frente a las dudas,  las sugerencias y las propuestas  firmes de cambio que, como corrector, el filólogo se vea obligado a hacer no siempre es fácil para un escritor, pero desde luego puede llegar a serle más útil de lo que imagina. No hay que olvidar que es el filólogo el que ha estado educado en el aspecto estrictamente lingüístico, que es el filólogo el que conoce a la perfección el sistema interno de la lengua y que es él el que, al margen de la calidad literaria del autor, puede detectar aquellos aspectos sintácticos y formales que, sin ser errores desde un punto de vista ortográfico, sí lo son desde un punto de vista estructural y de coherencia gramatical.

Para que te hagas una idea de los conocimientos que tiene el filólogo-corrector, cito solamente algunas de las materias que se incluyen en los estudios universitarios que ha cursado:  latín, griego, retórica, lengua española, español de América, dialectología española, fonética española, fonología española, morfología española, sintaxis española, semántica española, pragmática española, lexicología española, lexicografía española, lingüística general, lingüística aplicada, lingüística textual...  Y, evidentemente, también es un referente por toda la rama literaria de sus estudios (literatura comparada, literatura medieval, literatura ilustrada, romántica, modernista y un largo etcétera, tanto en el ámbito español como en el hispanoamericano).

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