Diálogos: características principales

El diálogo es una de las estrategias más eficaces y, a la vez, más difíciles de lograr. En él, el narrador se hace de lado para dejar hablar directamente a los personajes, que pasan a ser en esos momentos los que informan y hacen progresar la trama. Al no tener aparentemente intermediarios y presentar las voces de forma directa, es una técnica sugestiva que, si se usa bien, genera cercanía y confianza con el lector y lo introduce rápidamente en la historia. Además, contribuye al dinamismo general, revelando cómo son los interlocutores y ofreciendo datos de los personajes restantes y del entorno.

El diálogo debe hacernos creer que realmente estamos escuchando y asistiendo a la conversación, aunque no nos vean. Pero para ello es necesario que las voces transmitan información precisa, que estén bien diferenciadas entre sí y que tengan una entonación adecuada y sin ritmo monótono.

Estructura del diálogo

El diálogo es una estructura que contiene dos elementos:

  • Los parlamentos: son las intervenciones habladas de los personajes, sus palabras directas.
  • Los incisos: son aclaraciones que hace el narrador y que sirven para marcar los movimientos o expresiones de estos personajes mientras hablan o incluso sus sentimientos y su conciencia.

    —Haz lo que te dé la gana, pero conmigo no cuentes —dijo Andrés levantándose bruscamente de la silla.

Características del diálogo

Las características básicas del diálogo son las siguientes:

  • El diálogo debe introducirse con una intencionalidad. Los personajes nunca deben hablar porque sí o para rellenar espacio. Una novela, comparada con todo el universo que representa, es muy pequeña. Constantemente seleccionamos de ese universo imaginario qué cosas nos interesa destacar. Así, si un personaje se dirige a un museo, tal vez describamos ese edificio una vez esté delante pero pasemos por alto la descripción de todas las calles y demás edificios o fachadas mientras está de camino, porque no colaboran al desarrollo de la trama y no nos interesa destacarlas. En este sentido, un diálogo debe estar ahí por algún motivo, esté o no directamente vinculado a los acontecimientos, pero nunca gratuitamente.

  • El diálogo debe ser una imitación del lenguaje conversacional, sin ampolusidad, florituras o adornos verbales y sin palabras rebuscadas y poco usadas. Debe ser verosímil, creíble.

    —La fiesta fue satisfactoria y altamente gratificante. Todos los presentes disfrutamos de una exquisita cena y pasamos el resto de la velada conversando con informalidad y moviendo nuestros cuerpos al son de la música.*

    —La fiesta estuvo muy bien. La cena fue muy rica y pasamos el resto de la noche charlando y bailando.

Este tipo de lenguaje más solemney menos coloquial y espontaneo sólo será adecuado si el contexto en el que se mueve el personaje lo requiere. Así, por ejemplo, si el personaje es el director de una empresa y va a reunirse para presentar un nuevo proyecto a sus accionistas, podrá y de hecho deberá usar un registro más formal y elevado. Sin embargo, en cuanto salga del trabajo y se reúna con su familia y amigos, deberá volver al lenguaje coloquial. Si usamos el lenguaje formal o, peor aún,  el exceso "literario" en un contexto que no pertoca, el resultado será, cuanto menos, ridículo.

Paradójicamente, para crear esa naturalidad y espontaneidad del lenguaje coloquial hay que recurrir a la artificiosidad. No es tan fácil como parece. Cuando las personas hablamos, lo hacemos de forma desordenada, a menudo agramatical y sin terminar las frases. Además, aparte del contenido de nuestro mensaje, agregamos verbalmente ciertas palabras y expresiones con la única intención de confirmar que el canal comunicativo con nuestro interlocutor prospera correctamente.

“Emmm… A ver. Él es mi amigo y no quiero que piense que… Bueno, si fuera al revés y yo no le hubiese contado nada no me gustaría enterarme de que otros se lo han explicado antes que yo, ¿sabes? Así que bueno, no dije nada y pensé “ya si eso lo dirá él”, ¿no? Y al final poco a poco hablamos de otros temas y poco a poco, no recuerdo por qué, salió el tema y me lo contó. Claro, yo me hice el tonto como si no supiera nada, pero estuvimos hablando un buen rato y al final le aconsejé visitarse por algún médico especializado y eso, ¿sabes? Creo que se quedará más tranquilo”.

Así es, en la práctica, cómo hablamos. Solemos utilizar expresiones del tipo “bueno” “ a ver”, que en realidad no significan nada ni aportan ningún contenido a nuestro mensaje. Son expresiones que decimos mientras nosotros mismos nos estamos ubicando para elegir la manera en cómo comunicaremos lo que vamos a comunicar. Podríamos decirlas mentalmente, pero las verbalizamos.

Después, solemos dejar frases inacabadas (Él es mi amigo y no quiero que…). También somos repetitivos (al final poco a poco hablamos de otros temas y poco a poco, no recuerdo por qué, salió el tema y me lo contó).

Otras expresiones como “¿no?“o “¿sabes?” tampoco tienen relación alguna con el contenido real del mensaje y se usan únicamente para asegurar el canal comunicativo con nuestro interlocutor. Cuando decimos “¿sabes?” no esperamos que nuestro interlocutor nos diga “sí, lo sé” o “no, no lo sé”. No es una pregunta real. Pero sí esperamos que haga un gesto o que pronuncie algo del tipo “ya”, “ahá” o “claro”, por ejemplo, porque eso nos confirmará que no ha desconectado y que sigue atento a nuestras palabras y sigue escuchándonos. Es como cuando hablamos por teléfono. En ese caso, como no se visualiza al otro, esas expresiones se hacen más necesarias para que no creamos que estamos hablando solos, y es mucho más fácil que el que no habla refuerce su presencia usando mucho el “ya”, “ahá”, que vienen a decir “sigo aquí; sigo escuchándote”.

Pues bien, en un diálogo toda esta “paja” debe desaparecer. Es decir, debemos imitar el lenguaje conversacional pero sintetizándolo y sacando solo aquella parte de él en la que reside el auténtico mensaje. A lo sumo, podemos dejar alguna de las primeras expresiones que he señalado, pero no en todos los parlamentos sino de forma aislada y sin abusar.

    —A ver... —balbuceó un momento—. No quise que supiera que otros ya me lo habían contado, así que esperé a que saliera el tema por voluntad suya. Cuando finalmente me lo contó, le aconsejé visitarse por algún médico especializado, porque creo que así se quedará más tranquilo.



  • El diálogo debe ser fluido y rítmico y huir de toda monotonía. Además, no es necesario reproducirlo siempre de principio a fin, pues hay partes que a menudo se sobreentienden y que es mejor obviar.

    —Hola —dijo Juan
    —Hola —saludó María.

    —¿Hace mucho que te esperas? —preguntó Juan.
    —No mucho. Hará unos cinco minutos —dijo María.
    —Me alegro. ¿Qué te parece si vamos a tomar algo al bar nuevo que han abierto en la plaza? —propuso Juan.
    —Vale ­—dijo María.*

    Juan la saludó y le dio dos besos.
    —¿Hace mucho que te esperas?

    —No mucho. Hará unos cinco minutos —dijo María mirando el reloj.
    —Me alegro. —La miró sonriente—. ¿Qué te parece si vamos a tomar algo al bar nuevo que han abierto en la plaza?

    En cinco minutos estuvieron allí. Juan buscó su mesa favorita (…)

  • El diálogo debe ser coherente respecto a los mismos personajes:
    • Acorde con su edad, su procedencia o clase social…. De esta manera, si quien habla pertenece una clase social marginal, su habla debe reflejar esa circunstancia (con el uso de vulgarismos y con un argot determinado, por ejemplo). O, si se trata de un niño, no podrá hablar, lógicamente, como un adulto.
    • Acorde con su realidad externa e interna. De esta manera, si un personaje está realmente furioso, no será coherente que sólo responda con un “maldita sea”. Deberá expresar esta furia de una manera más intensa, ya sea a través de su voz, de la acotación del narrador o de ambas cosas a la vez.

    —Maldita sea —dijo furioso.*

    —¡¡¡Maldita sea!!! —exclamó rojo golpeando con furia la mesa.

  • El diálogo debe asumir la información implícita que se desprende del lenguaje conversacional. A menudo, en nuestras conversaciones obviamos información pero el otro la sobreentiende e infiere, y esa inferencia debe mantenerse en el diálogo.

    —A ver si quedamos más a menudo. La semana que viene tengo las tardes libres.
    —¿Ah, si? ¡Qué bien! Me alegro por ti.
>> Nunca respondemos así.
    —Imposible. Estaré de viaje por asuntos de trabajo
.>> Respondemos así. Del primer parlamento se desprende un “¿Quieres quedar alguna tarde?”, y aunque es una pregunta que no se hace explícita, como interlocutores la captamos y respondemos en consecuencia.

Pues bien, al escribir un diálogo debemos también obviar ese tipo de información innecesaria.

En vez de...

    —A ver si quedamos más a menudo. La semana que viene tengo las tardes libres.¿Te apetece quedar alguna?*
    —Imposible. Estaré de viaje por asuntos de trabajo.

...es mucho mejor optar por:

    —A ver si quedamos más a menudo. La semana que viene tengo las tardes libres.
    —Imposible. Estaré de viaje por asuntos de trabajo.

Obviar esta información y mantener en el diálogo escrito las inferencias o deducciones que hace el interlocutor refuerza la verosimilitud de la situación y otorga más realismo al intercambio comunicativo entre los hablantes.

  • El diálogo no debe —como norma general— reiterar aspectos que ya han sido contados previamente o que el lector ya conoce. De esta manera, si en un momento dado el narrador nos ha explicado dónde nació el protagonista y de qué original manera sus padres decidieron ponerle el nombre que le pusieron, es inadecuado que más adelante, al conocer a alguna pesrona nueva, por ejemplo, este personaje explique la misma historia. En ese caso, se puede optar por resumir:

    —Soy Puarintro —se presentó el muchacho.
    —Andrés. Encantado —dijo estrechándole la mano. Luego, visiblemente intrigado, añadió—: ¿Puarintro has dicho? Nunca lo había oido. ¿Es un apodo o algo?
    —No, es mi nombre real, pero vamos, que comprendo que te choque. Me pasa con todo el mundo. —Sin dar muchos detalles, el joven le contó entonces el por qué de la elección de su nombre.
    —Qué curioso —dijo Andrés.
    —¡Y qué buena trastada! —exclamó Puarintro—. En fin, ¿hace mucho que estás metido en la cooperativa?


Funciones del diálogo

Las funciones básicas del diálogo son las siguientes:

  • Aporta información. Esta información puede ser de varios tipos:

    • Información que puede influir en la trama y provocar efectos directos sobre el desarrollo de los acontecimientos. Así, por ejemplo, en una novela policíaca los interrogatorios a determinadas personas son diálogos que suelen dar pistas que ayudan a avanzar en la investigación y que acaban conduciendo al descubrimiento del autor del crimen.

    • Información que no influye en el desarrollo de los acontecimientos pero amplía nuestro conocimiento sobre los personajes o cualquier otro aspecto. Por ejemplo, puede ayudarnos a saber más acerca de un personaje: su pasado, sus deseos, sus criterios, gustos y preferencias... De la misma manera, ayuda a dar vida y definir el personaje, porque nos muestra directamente la forma en cómo se expresa, su lenguaje, su actitud y carácter, si es tranquilo o agresivo...

  • Mantiene el equilibrio narrativo. A menudo se llega a un punto en el que la voz del narrador no puede sostenerse durante mucho tiempo más porque el texto empieza a resultar demasiado denso. Pues bien, antes de que esa densidad se convierta en monotonía, introducir un diálogo —siempre que se encuentre para él un motivo dentro de la historia— es una buena estrategia para airear el ritmo narrativo. De la misma manera, contribuye a nivelar gráficamente la página: al combinar líneas completas con líneas incompletas o con espacios en blanco, permite respirar al texto y aumenta la predisposición lectora.



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